Gambetas innecesarias ante el desafío del momento

Como dijo Mauricio Macri esta semana en el almuerzo del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp), la Argentina, en el tema holdouts, juega como la selección nacional de fútbol en el Mundial Brasil 2014: definiendo en el último minuto. Pero, claro, una resolución tardía no está exenta de riesgos. Y no queda claro que el Gobierno esté sopesando correctamente los riesgos que asume con los beneficios que la demora pueda otorgarle.
Este jugar en el filo en el tema holdouts contrasta con el ímpetu (y la facilidad para escribir el cheque) que el Gobierno había puesto en los últimos meses a su intento de normalizar sus relaciones con el mundo. Así, se habían sucedido los acuerdos con el Ciadi (Tribunal Arbitral del Banco Mundial), el acuerdo con Repsol y finalmente con el Club de París. Se podrá plantear que fueron acuerdos caros (en particular con el Club de París, donde la insistencia de evitar un artículo IV del Fondo Monetario Internacional costó que el Club no pudiera dar ninguna concesión, ni siquiera perdonar los punitorios, lo cual le costó a la Argentina cientos, si no miles, de millones de dólares). Pero más allá de estos posibles cuestionamientos, era claro que se iba en una dirección y era la dirección correcta.
¿Por qué, después de años de cultivar el aislacionismo había cambiado el Gobierno su actitud respecto de este tema? Por un solo motivo: YPF. La petrolera con participación estatal convenció al Gobierno de que no era factible financiar con ahorro doméstico las inversiones en energía que la Argentina debe hacer. Y que tampoco podía hacerlo con sus propias ganancias. Es que la nacionalización de YPF implicó, paradójicamente, que la Argentina, a contrario sensu de lo que se piensa, perdiera parte de su renta petrolera. La renta petrolera es la diferencia entre lo que vale el petróleo extraído y el costo de producirlo. Esa diferencia es lo que una buena ley de hidrocarburos lograría captar para el Estado. Pero la YPF nacionalizada tiene un costo de financiamiento, el componente más importante del costo, que es cinco veces más caro que el de otras empresas del sector. La nacionalización implicó entonces pasar a producir con costos (financieros) mucho más altos, y que lo que antes era renta se transformara en un negocio de los que financian a YPF. En un inesperado giro, y hasta que no baje el costo del endeudamiento en nuestro país, la nacionalización desviará la renta petrolera en beneficio del capital.
En parte por estas dificultades de financiamiento de la YPF estatal-privada, es que en las últimas semanas se reavivó la discusión sobre la necesidad de una nueva ley de hidrocarburos. Esa ley, que en definitiva deberá discutir sobre los mecanismos para explotar el yacimiento de Vaca Muerta -con un potencial de varios PBI-, es virtualmente una de las discusiones más importantes que enfrente el Congreso. El debate deberá contestar varias preguntas clave. ¿Cómo lograr que el Estado apropie plenamente la renta petrolera?
Siendo que hoy tanto el Estado nacional, a través de retenciones e impuesto a las ganancias, y los provincias, a través de las regalías, compiten por esta renta, ¿cómo generar un mecanismo de reparto de los recursos que sea lógico y equitativo? ¿Cómo evitar la canibalización de la renta petrolera? Canibalización, vale decirlo, que el kirchnerismo inauguró hace 12 años cuando impuso retenciones al sector y que derivó en 10 años de declinación de la producción. Finalmente, ¿cómo lograr que los recursos de los hidrocarburos se usen de una manera equitativa, tanto para inversiones en infraestructura como con un sentido de equidad intertemporal?
Mucho se ha dicho sobre si Vaca Muerta nos transformará en Nigeria o en Noruega. Por eso vale la pena mirar el sistema al que convergió Noruega luego de un largo proceso de aprendizaje. Allí, con austeridad escandinava, el dinero del petróleo entra en un fondo del cual se retira sólo la ganancia real (es decir, la ganancia que supera la inflación). De esta manera se asegura que todo recurso que entra al fondo se convierte en un flujo de ingresos que durará para siempre sin que el capital subyacente sea licuado por el aumento de precios. Los noruegos transforman así lo transitorio en permanente, suavizando el efecto sobre la economía y asegurando que lo que hay lo disfrutarán en partes iguales la actual generación de noruegos, sus hijos, nietos, bisnietos y demás generaciones futuras.
Pero en vez de discutir sobre el largo plazo, en nuestro país perdemos la energía amañados en nuestros propios caminos, que no llevan a ninguna parte. Hoy comparto con mi hijo de 9 años su primer Mundial y me trae memorias del primero del que yo tengo recuerdos: Alemania 1974. La Argentina se parece al René Houseman que en aquel Mundial gambeteaba rápidamente, pero sin poder ir a ningún lado. Es tiempo de trabajar en equipo, y entre todos coordinar una estrategia para abordar los verdaderos problemas que enfrentamos. Así se ganan los partidos.